Ormuz al borde del colapso: la guerra energética que asfixia al mundo
El reloj corre. Un mes después del inicio de lo que se ha bautizado como la tercera guerra del Golfo Pérsico, la realidad es mucho más sombría de lo que preveían los analistas. El Estrecho de Ormuz, ese cuello de botella estratégico que conecta el Golfo Pérsico con el Mar Arábico, se ha convertido en el principal campo de batalla, no solo militar, sino económico, con consecuencias que se sentirán en cada rincón del planeta.
Irán: el arma ancestral de la disuasión
Irán, como ha hecho a lo largo de siglos bajo diferentes dinastías, ha reactivado una estrategia milenaria: usar el Estrecho de Ormuz como palanca de presión. Desde los persas hasta los ayatolás, el control de este punto vital ha sido siempre una cuestión de supervivencia y poder. Ahora, con el conflicto escalado, Teherán ha convertido el estrecho en un arma de disuasión, y Washington, por supuesto, no piensa ceder esa llave estratégica.
Marco Rubio, secretario de Estado de EE.UU., ha soltado, con la franqueza característica de la administración Trump, que establecer un sistema de peaje en Ormuz es una de las “metas inmediatas” de la próxima ofensiva militar. Una declaración que, más allá de su peligrosidad inherente, revela la ambición de controlar el flujo de hidrocarburos y, por ende, la economía global.
El control de Ormuz, históricamente, permitía coronar o derrocar reyes, conquistar o ser conquistado. En 2026, la ecuación sigue siendo la misma, pero las apuestas son infinitamente mayores. El estrangulamiento del comercio en esta región puede tumbar, no solo a los países ricos de Oriente Medio, sino al “emperador romano” de turno, desde el presidente de Estados Unidos hasta el número uno del Partido Comunista chino.
La escalada de los precios de la energía ya ha sido el primer golpe. Pero lo que realmente preocupa a los expertos es la inminente escasez de suministros críticos para la industria tecnológica y sanitaria, un escenario que, según las estimaciones, se materializará a mediados de abril. A esto se suma el encarecimiento de la financiación, alertado por bancos centrales como el BCE, y la sombra de una recesión severa, advertida por Larry Fink, CEO de BlackRock.
El Golfo Pérsico es, en definitiva, el corazón del comercio global. El colapso de Ormuz va mucho más allá del petróleo o el gas, aunque estos últimos, provenientes de países como Kuwait, Irak, Baréin, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, suponen cerca de un tercio de la capacidad exportadora mundial. Cortar el grifo implica tener que recurrir a Washington, Moscú y Riad, tres potencias con agendas divergentes.

El giro inesperado: arabia saudí, el beneficiado
Paradójicamente, el archienemigo de Irán, Arabia Saudí, se encuentra entre los más beneficiados por esta situación. Puede seguir exportando crudo a través del Mar Rojo, mientras que, al mismo tiempo, impulsa su industria gasística para ocupar el vacío dejado por Qatar e Irán, aprovechando la crisis para expandir su influencia en el mercado energético. El bloqueo de Ormuz pone en tela de juicio toda la industria petroquímica asociada al gas, fundamental para la producción de fertilizantes, indispensables para la agricultura y la seguridad alimentaria.
La guerra en Ucrania, que sigue activa, ha demostrado la vulnerabilidad del mundo ante la escasez de nutrientes agrícolas. Rusia, el mayor productor mundial, controla el “supermercado de las materias primas” a nivel global. Y ahora, la crisis de Ormuz catapulta a Rusia a un papel soñado, fortaleciendo sus lazos con India y China, dos potencias hambrientas de energía.
Mientras tanto, otras potencias asiáticas, como Filipinas, se encuentran en estado de emergencia y racionamiento. La llamada a Putin será inevitable. Y, aunque la narrativa dominante sugiere que la crisis perjudica a EE.UU., la industria energética estadounidense (drill, baby, drill) está preparada para suplir a Oriente Medio, replicando el giro que logró con Rusia hace cuatro años, desplazando sus gasoductos como principal fuente de suministro para la Unión Europea.
La guerra de Irán y el ocaso de Ormuz han reconfigurado el tablero geopolítico, empujando a Rusia a un nuevo protagonismo y obligando a las potencias asiáticas a buscar alternativas. La cuenta atrás ha comenzado.
