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La saga voyager: cómo dos sondas viajan por el espacio profundo con tecnología de reloj

Las sondas Voyager emprendieron su viaje en 1977 y desde entonces han recorrido más de 24.000 millones de kilómetros, sin detenerse ni una sola vez. Su secreto de supervivencia? Un diseño austero y redundante que ha permitido a estas naves sobrevivir a condiciones extremas en el universo.

La memoria de las voyager: apenas 68 kilobytes

La memoria de las voyager: apenas 68 kilobytes

Para entender la magnitud de esta limitación, basta imaginar qué ocurriría si intentáramos enviar a la nave una fotografía actual tomada con cualquier smartphone moderno. Una imagen básica en formato comprimido ronda los dos megabytes, es decir, unos 2.000 kilobytes. Pero si el ordenador de la Voyager intentara recibir este archivo, se produciría un desbordamiento de memoria inmediato.

Al no tener espacio físico para alojar los datos, el enorme volumen de la imagen comenzaría a sobrescribir sin control las instrucciones básicas del sistema operativo. Significa que en cuestión de segundos, la sonda de la NASA borraría su propio código de control térmico, la orientación de la antena, así como los comandos de vuelo. El resultado sería un colapso técnico catastrófico, ya que la nave quedaría ciega y girando a la deriva en el vacío interestelar, completamente incapaz de volver a comunicarse con la Tierra.

Los ingenieros de la NASA sabían que la radiación cósmica podía freír los circuitos en cualquier momento, así que equiparon a las sondas con tres sistemas informáticos duales. En la práctica, esto significa que llevan seis ordenadores a bordo, y si uno de ellos sufre un fallo crítico, su gemelo asume el mando automáticamente sin interrumpir la misión.

A esta arquitectura de hardware se suma un software extremadamente limpio, donde no hay interfaces gráficas ni líneas de código innecesarias; cada byte tiene una función vital de supervivencia, lo que demuestra que la eficiencia absoluta es el mejor antídoto contra el paso del tiempo.