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Despidos por ia: ¿renta básica o desesperación?

La Tecnología avanza a pasos agigantados, pero la transición no está siendo amable para todos. Programadores, contables, traductores… profesionales que durante años perfeccionaron sus habilidades, se enfrentan ahora a la fría realidad: una inteligencia artificial, aunque aún imperfecta, los está reemplazando. Y mientras los multimillonarios debaten sobre una renta básica universal, dos ONGs toman la iniciativa, ofreciendo un pequeño respiro a aquellos que han perdido su empleo.

Un salvavidas de $1,000: el dividendo por ia

Un salvavidas de $1,000: el dividendo por ia

AI Commons Project y What We Will han lanzado una iniciativa pionera: el Dividendo por IA. Se trata de una ayuda mensual de 1.000 dólares durante un año para 25 a 50 trabajadores que han sido despedidos por culpa de la inteligencia artificial. No es una fortuna, pero es suficiente para aliviar la presión económica y, crucialmente, para incentivar la búsqueda de nuevas oportunidades. La idea, ambiciosa, es que las grandes empresas de IA asuman su responsabilidad social y contribuyan a este fondo.

La propuesta, lejos de ser una novedad, ha sido objeto de debate durante años. Desde Bill Gates hasta Elon Musk y Sam Altman han mencionado la posibilidad de una renta básica universal financiada por la IA, pero las promesas, como a menudo ocurre, se diluyen en la realidad. El problema es que la legislación avanza a paso de tortuga y la urgencia del problema es palpable. La IA ya no es una amenaza futura; está aquí, transformando el mercado laboral a una velocidad vertiginosa.

La destrucción de empleo es masiva. No se limita a los programadores y traductores, sino que se extiende a correctores, teleoperadores, personal de servicio técnico, contables, recepcionistas, empleados bancarios e incluso trabajadores de fábricas. Lo que antes parecía ciencia ficción se ha convertido en una crisis laboral de proporciones desconocidas.

Existen diferentes enfoques para abordar esta situación. Algunos proponen que los puestos de trabajo ocupados por la IA paguen impuestos destinados a un sueldo universal. Otros sugieren que la IA o los robots deberían pagar el mismo salario que un humano, transfiriendo esos fondos al trabajador reemplazado. En cualquier caso, la necesidad de una solución es inminente.

Kaitlin Cort, ingeniera de software y organizadora del proyecto, ha expresado su preocupación por la dificultad que tienen sus propios alumnos para encontrar empleo. “Los pocos puestos que consiguen suelen ser degradantes, relegándolos a tareas repetitivas de validación de código generado por la IA”, afirma. El futuro de la profesión, por lo tanto, se ve comprometido.

Curiosamente, incluso Sam Altman, CEO de OpenAI, ha experimentado con la idea de la renta básica universal, financiando un estudio sobre su impacto en las personas. Los resultados, aunque interesantes, revelan una realidad preocupante: los participantes destinaban gran parte del dinero a mejorar su alimentación, pero escasamente a actividades saludables o deportivas. La tentación del consumo inmediato parece prevalecer sobre la inversión en el bienestar a largo plazo.

El proyecto de las ONGs, con un presupuesto modesto de 300.000 dólares, se enfrenta a un desafío titánico: convencer a las empresas de IA de que contribuyan con al menos 3 millones de dólares antes de fin de año. La idea de que estas compañías, beneficiarias directas de la automatización, se vean obligadas a financiar a aquellos que han quedado en la estela de su avance tecnológico, no precisamente entusiasma a los altos ejecutivos.

La promesa de la IA es la eficiencia, la innovación y el progreso. Pero, ¿a qué precio? Mientras la Tecnología avanza a toda velocidad, la sociedad se enfrenta a la pregunta más incómoda de todas: ¿cómo proteger a aquellos que quedan relegados al olvido en la era de la inteligencia artificial?

La cifra lo dice todo: en Estados Unidos, las matriculaciones universitarias en informática han caído por primera vez en 20 años. Parece que incluso los aspirantes a programadores han perdido la fe en su futuro profesional. La revolución tecnológica ha llegado, pero la adaptación social se antoja mucho más complicada.

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